Voy a repetir la pregunta del título: ¿Que estamos enseñando a nuestros jóvenes cuando faltar a un entrenamiento siempre tiene una excusa?
Hoy hay algo que me preocupa mucha más que un tiro fallado, un mal pase, una mala decisión en la pista o que un jugador sea incapaz de botar el balón con su mano débil.
Me preocupa que hoy los jugadores estén aprendiendo y normalizando que los compromisos adquiridos se cumplen solo cuando no aparece nada más que nos apetezca hacer. Me preocupa esa normalización de qué faltar a un entreno o partido es algo sin importancia. Que siempre hay una razón para no acudir y que las responsabilidades adquiridas pueden quedar en un segundo plano cuando surge cualquier otro plan.
Me preocupa que olvidemos la oportunidad que nos da el deporte: enseñar a las nuevas generaciones que sus decisiones tienen consecuencias, que forman parte de algo que va más allá de ellos mismos. Que la responsabilidad no consiste únicamente en hacer aquello que nos gusta, sino también en cumplir con aquello a lo que nos hemos comprometido. Porque el baloncesto, el deporte, no consiste solo en aprender a jugar, consiste también en aprender a vivir.
¿Qué lugar ocupa el baloncesto en nuestras vidas?
Una semana cualquiera. Entrenamientos programados. Planificación de entrenes, objetivos, diseños de ejercicios, etc. Los compañeros cuentan con su presencia… pero cuando llega el día del entrenamiento llegan las ausencias. Un día son los estudios, otro día una fiesta de cumpleaños, otro día el dentista, otro día ir a ver un partido del Valencia Basket o un partido de Champions, otro día un compromiso familiar, un trabajo grupal escolar, o sencillamente cualquier otra cosa que haya surgido a última hora… o simplemente que hoy no me apetece.
Por supuesto no todas estas situaciones son iguales.
Si, los estudios son fundamentales pero existe la organización del tiempo. La salud está por encima del deporte pero hay citas que puedes programar en horarios que no coincidan con el del entrene.
Hay una diferencia importante entre lo que es una obligación inaplazable y un plan que podría haberse colocado en otro momento, entre algo excepcional o una sucesión de decisiones que poco a poco convierten el compromiso en algo opcional.
La cuestión no es su faltas o no faltas. La cuestión es ¿Qué hay detrás de esas ausencias y que aprendemos de ellas?
¿Estamos ante una dificultad real para conciliar horarios o estamos enseñándoles, sin querer, que siempre que aparezca una alternativa más atractiva puede dejar de lado aquello con lo que se había comprometido?
No todas las excusas son iguales, pero todos los hábitos enseñan algo.
Cosas cotidianas: los estudios. Nadie discute su prioridad. Pero estudiar también exige planificación. Habrá que aprender a distribuir el tiempo. Habrá momentos puntuales en el que uno se verá casi obligado a faltar a un entrenamiento, pero cuando se hace de forma habitual es que algo falla. Si, falla la organización, la distribución del tiempo.
Un cumpleaños, una fiesta, etc ¿Qué mensaje transmitimos cuando cualquier plan de ocio tiene prioridad sobre una actividad que habíamos aceptado realizar?
Lo que importa es enseñar a pensar antes de decidir. ¿Podemos reorganizar nuestro tiempo? ¿Es una necesidad real? ¿Perjudicamos a otros con nuestra decisión?
El compromiso no se aprende cuando todo resulta fácil. Es muy sencillo cumplir cuando tenemos ganas, cuando no hay deberes, cuando estamos descansados, cuando no tenemos un plan alternativo… el compromiso se pone a prueba cuando aparecen las pequeñas dificultades. Cuando hace frío y toca entrenar en pista exterior. Cuando estamos agotados. Cuando nos apetece hacer otra cosa con nuestros amigos. Cuando cumplir exige un pequeño esfuerzo, un pequeño sacrificio.
La perseverancia consiste en distinguir entre aquello que nos impide avanzar y aquello que simplemente nos exige un esfuerzo.
Un joven que aprende a terminar una tarea, a respetar un horario, a cumplir los acuerdos que ha aceptado está practicando habilidades que le servirán más allá del baloncesto, le servirán en la vida. Esas habilidades no surgen por arte de magia al cumplir 18 años. Esto no es cuestión de apretar un botón y ya está. Se hace poco a poco, con experiencias cotidianas, límites razonables, con el ejemplo de los adultos. Y aquí las familias también tienen un papel importante. En los más pequeños son los padres quienes les organizan las actividades, las agendas, los desplazamientos, las prioridades. ¿Qué importancia dan al compromiso adquirido?
No podemos pedir responsabilidad mientras no cumplimos nuestros compromisos. No podemos hablar de esfuerzo cuando enseñamos que cualquier inconveniente justifica la ausencia, el abandono. Los niños aprenden de lo que les decimos, pero también y sobretodo de lo que ven de nosotros, de nuestro ejemplo.
No, el entrenador, el coordinador, el club no tienen derecho a decidir como debe de vivir una familia ni a juzgarles por ello, pero cuando elegimos formar parte de un equipo hay que hablar de las condiciones que esa elección implica. El baloncesto no tiene que ser el centro de las vidas de las diferentes familias, pero sí deben ayudar a sus hijos a comprender lo que significa comprometerse con un deporte de equipo, donde tus compañeros dependen en parte de tu esfuerzo, entrega, presencia.
Es frustrante escuchar a la gente decir que la ausencia de un jugador no tiene importancia porque hay más jugadores y aún son pequeños… pero ¿que pasa cuando las ausencias se repiten en el tiempo? El jugador está perdiendo oportunidades de aprender, de practicar y de consolidar habilidades y eso puede generar una perdida de ritmo en cuanto a sus compañeros, no solo en habilidades físicas y técnicas, también en relaciones e integración.
Los entrenadores no debemos dramatizar por ello, pero tampoco debemos fingir que la continuidad carece de valor. Una sesión puede ser útil, una sucesión de experiencias permite construir aprendizajes más solidos.
Y hay algo que a mi me parece fundamental, un equipo es una pequeña comunidad. Un lugar donde aprendemos que no siempre podemos hacer lo que queremos, que debemos respetar unas normas básicas, que otros cuentan con nosotros y que hay unas necesidades colectivas en las que nos hemos comprometido a participar.
¿En qué tipo de personas nos pueden convertir nuestros hábitos?
¿Qué sucedera en el futuro cuando ese joven convertido en adulto tenga que llegar puntual al trabajo, cumplir un plazo de entrega, respetar un horario laboral, responder ante un compañero de trabajo o un superior? ¿qué sucedera cuando tenga que organizar su tiempo entre trabajo, familia, relaciones personales, obligaciones y descanso? ¿Habrá aprendido a planificar su tiempo o esperara que otros le solucionen la papeleta? ¿sabrá diferenciar entre una dificultad real y una excusa? ¿entenderá que libertad también implica asumir las consecuencias de sus decisiones? No podemos garantizar como será un niño en el futuro cuando sea hombre, pero si podemos preguntarnos que herramientas le estamos dando hoy para su desarrollo.



